Buenos días señorita. Ando buscando a un hombre .Tendrá ya sus sesenta años, tiene un inconfundible tatuaje de la virgen María en su brazo izquierdo.Se lo hizo hace cuarenta años, cuando éramos novios, hoy no somos nada, pero alguna vez lo fuimos. Lo ando buscando porque le tengo que dar un recado. ¿Cuál sería?. Bueno, es más bien personal. Se trata del pasado, de nuestro pasado, del que tejimos como quien teje una telaraña, y deshicimos para ser más felices, por lo menos eso creímos. Entonces, yo no lo amaba; buscaba una persona de la que pudiera aprender, que fuera educado, todo un caballero, o tal vez un pedestal para ascender socialmente, la cosa es que fuera una persona que me dijera algo mejor que “tenis las mejores piernas de toda la isla”.
No sé si fue por ambición, o sólo por querer la independencia, pero partí a la capital, pensaba que mi lugar estaba en el gran Santiago, estudiando arte, rama de la cual no tenía mucha información, pero era emprendedora, y en realidad lo único que hacía bien era dibujar.
De ignorante no más me pasó, como la mayoría de las provincianas que se vienen a Santiago, terminé en los “bajos cafés” del comercio sexual, por ahí donde “El varón rojo”. Yo era huasa, tenía diecisiete no más, media tímida pa´l trabajo me decían las otras chiquillas, pero a los clientes, sobre todo a los “gringos”, les encantaba eso de que fuera media pollito pa’ mis “custiones”.
En mis ratos libres trataba de estudiar, la vida no era tan fácil como me la había pintado, también leía mucho, aunque la patrona me retara por espantar la clientela, me retaba por querer aprender, pero yo leía cuando todas dormían, y al final, entre tanto libro y estudio, dormía como cuatro horas diarias. Yo tenía un cliente, Don José Emiliano Ortega Sánchez, embajador de México en Chile. Siempre me regalaba libros, para que me culturizara, yo los compraba usados, pero Don José me los daba nuevos. Este caballero me tenía re harto cariño, incluso, en algunos meses, en que no me iba tan bien, me pagaba las clases de arte en el instituto, de a poco me fue tomando cariño el Don, hasta un día me pidió matrimonio, me dijo que tenía que irse a otro país y que me quería llevar con él. Al principio me extrañé harto, pero cuando caché que era en serio le dije que bueno. No lo quería, pero tenía plata, la suficiente para borrar mi pasado, y además el me quería de verdad, y me trataba como una dama, aunque no lo fuera.
Luego del matrimonio nos fuimos a Brasil. En un comienzo no hacía nada, me sentía incómoda; no entendía el idioma, el José trabajaba todo el día y yo me la pasaba encerrada en el departamento, hasta que logré aprender algo del idioma y justo cuando comencé a buscar trabajo, cuando estaba mejor, nos tuvimos que ir a Cuba, allá donde está la revolución del señor Castro.
Mis años en Cuba fueron bastante agradables, estuve como veinte años, y siete en Brasil. En Cuba viví como una aristócrata, logré terminar mis estudios y desarrollar algunas especialidades al respecto, aprendí mucho de la vida, de ser una mujer de sociedad, de modales, de educación. Pronto me transformé en la compañía favorita del señor Castro, quien me instruyó acerca de la política, me presentó a tantas personas famosas, incluso a grandes escritores que me autografiaron un par de libros. Mi marido seguía trabajando mucho, pero salíamos en las noches, aún no conseguía quererlo siquiera, pero ya no me aburría.
Posteriormente nos embarcamos rumbo a México, patria del José, donde permanecí como ocho o nueve años. Durante este tiempo nos pegábamos unos viajecitos a distintos países de América, pero dejamos de viajar porque José ya no es taba en edad para tanto viaje y por esto mismo, sin contar el cáncer pulmonar que contrajo por haber fumado tantos habanos en Cuba, decidió retirarse de la diplomacia. Yo, por mi parte, quise devolver a mi marido todo lo que siempre me dio, y me quedé cuidándolo en casa.
Un día el José quiso que saliéramos a caminar, me pidió que lo llevara a la plaza Pancho Villa y no dijo nada más. Cuando llegamos él me habló dulcemente, y cada palabra de amor que me decía me hacía recordar a mi amado de Chiloé, ningún día, desde que me separé de él, he podido olvidarlo. Después de todo lo que me dijo, me besó las manos, se acercó a la estatua de Pancho Villa, y murió donde siempre lo había soñado; “A los pies del libertador”.
Estaba triste, él había sido tan amable con migo, me trataba como una rosa cuando era puta, y como un jardín entero desde que me hice su mujer. Se enamoró de mi pelo negro, mis ojos carbón y mi lectura silenciosa. Me ofreció todo el mundo si yo lo quería, y lo quise, después de todos estos años lo quise, quise el mundo y lo quise a él, pero no pude amarlo, nunca le entregué el amor y el hijo que anhelaba.
Después de haber vivido tanto, de abrazar la cintura perfecta de mi continente, de guardar en una copa la catarata del Iguazú, de haber bailado la samba del Carnaval de Rio, de haber cubrido el imperio Inca, la rumba, el mambo y la salsa de Cuba. Después de todo eso me encontraba totalmente perdida, así que lo vendí todo, hasta el último alfiler que me dejó, y compré un pasaje en avión “sin regreso” y el resto lo doné a la caridad.
De vuelta en Chile, mi patria, mi origen, mi país sub-desarrollado, lo que se les antoje, pero puta que lo quiero, no sé porqué, mucho no me ayudó a surgir, pero como muchos dicen “la sangre tira”.
Bueno, ahora conseguí trabajo como profesora de Arte, además preparo mi exposición autobiográfica, que consiste en una recopilación de pinturas y retratos que confeccioné durante mi ausencia en Chile, creo que la llamaré “pétalos de una historia”.
¿Qué?, ¿Qué por qué estoy aquí?, bueno, viajé a la isla, ahí me dijeron que se había venido a trabajar de marino a Valparaíso, para poder buscarme en cada puerto del mundo. Luego lo ascendieron, se vino a una oficina, donde no lo pude encontrar, y compró un simpático departamentito en este edificio, el cual decoró como si fuera un navío.
Ah, usted busca al caballero marino, el del cabello blanco, lamento decirle que ya no vive aquí señora, y no creo que lo pueda encontrar, pues no dejó rastro alguno, sólo este sobre, el que ha permanecido intacto desde que se fue, unos cuatro años atrás, nadie se interesó en reclamarlo, es para una tal Esperanza…
- ¡Esperanza Perdida, esa soy yo!, ¿me permite?
- Claro señora, la verdad, si no es mucha mi imprudencia, me gustaría saber el desenlace de esta historia que me conmovió tanto como una novela de amor triste, como la de Romeo y Julieta.
Yo no lo habría dicho mejor. En esta carta él me dice adiós, cuenta que me esperó tantos días de sol radiante como noches de luna eléctrica, que ya perdió la cuenta y me besó en cada uno de sus sueños todo este tiempo. Se fue a navegar en su barcaza y esperar el día de su muerte. Dice que me ama, pero ya perdió la esperanza; la esperanza de encontrarme y la Esperanza como mujer.
Con esta carta se fue el amor, ahora podré decir que nunca en mi vida estuve con el amor, porque llegué tarde a mi cita con él, y éste me abandonó, rompió la telaraña que tejimos los dos cortando ese hilo diminuto que nos había unido por tanto tiempo, sin que pudiera dar mi recado a Sueño, porque Sueño era su nombre e Imposible su apellido y mi recado tardío consistía tan sólo en decir “te amo, te amé siempre y nunca fui capaz de decirlo”. Pero hoy reuní las agallas suficientes para hablarte, cuando te busqué ya te habías esfumado de mi vida como el humo que sale de mi cigarrillo.
A veces perdemos por perder, pero es mejor mirar al cielo, llorar las perras penas junto a una botella y dormirse temprano para olvidar el ayer. A veces perdemos por perder, o porque más bien quisimos perder, porque se nos pasó el tiempo, la vida, sin tregua alguna. Sentarnos bajo un árbol llenarnos la boca de sandía , de besos, y de amor. Y si no estás, nos llenaremos de recuerdos, de días de lluvia, de atardeceres.
