Historias de noches
Escrito en : Abril 6th, 2006 por Calista Greek
Categoria : Fanfic, Fantasía
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Esto nacio como un proyecto basado en dos personajes, uno basadoo en una historia que estaba escribiendo hace un tiempo y otro que nacio de una amiga. Es una especie de fan fiction de la pelicula Blade Trinity

Capitulo 1: Desaparicion

Era una fría mañana de Abril, Cat dormía placidamente en su cama sin darse cuenta de la guerra que gestaban las nubes fuera de su casa. El cielo se encontraba totalmente gris, como vaticinando un hecho extraordinario que cambiaria tal vez la vida de mucha gente, las nubes se arremolinaban como grises bolas de algodón, dispuestas a en cualquier minuto dejar caer su furia contra los insignificantes humanos. Pero Cat seguía sumida en un profundo sueño.
Los minutos pasaban lentamente, y el cielo cada vez se ennegrecía mas, las nubes ya no aguantaron y dejaron caer las primeras tímidas gotas sobre los techos de aluminio de las casas circundantes. Se comenzó a producir una leve melodía que junto al silbido del viento llenaban las habitaciones de la pequeña casa de un aura misteriosa..

Al sentir las primeras notas de esta tormentosa canción que se formaba, Cat logro abrir sus párpados que se encontraban pesadamente cerrados después de una ardua noche de trabajo. Miro a su alrededor y todo parecía normal, a su lado, el despertador sonaba y sonaba como si estuviera gritándole que ya se hacia tarde para ir a clases. Rápidamente se levanto de la cama y corrió hacia el baño. El espejo estaba roto, el baño era un completo desastre, lleno de plumas y huellas por doquier. Cat pensó que de seguro Mirmo, su querido gato, había estado jugando con algún pajarillo que había entrado por la ventana que se encontraba abierta, así que no le dio mucha importancia, recogió las plumas y las boto, aunque guardo una para su colección.

A eso de las 9 de la mañana salió rumbo a clases, casi corriendo para no ser mojada por la lluvia y así tomar tranquilamente el bus que la llevaría a destino. Pero todo estaba raro, la lluvia caía, y caía pero no había gente en la calle, parecía como si el tiempo se hubiera detenido. En eso paso un autobús, el único que se veía alrededor, vacío y con un viejo anciano conduciéndolo. Cat se subió sin pensarlo, pues se le hacia tarde ya para llegar a la universidad. Como acostumbraba a hacerlo se subió en uno de los primeros asientos y dirigió su mirada hacia la ventana. Quien diría que ese seria el viaje que la llevaría a un mundo distinto…
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El último beso
Escrito en : Abril 5th, 2006 por Miranda Madden
Categoria : Cuentos
Comentarios : 12 Comentarios
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He aquí un pequeño cuento que escribí para el taller literario en el que participo. Espero que os guste y, cómo siempre, admito críticas constructivas.

El último beso

Aquel amanecer había sido distinto.

No había sentido la dicha de todas las mañanas al notar los cálidos rayos del sol sobre mi cuerpo. Tampoco había sentido la urgencia de explorar, de salir volando de mi nido para comerme el mundo. Me notaba extraña, débil, cansada, y aquella cuerda que llevaba atada desde hacía unos días se me antojaba pesada como una cadena de hierro.

Aquella mañana casi no había podido llegar al otro lado de la calle y un coche había estado a punto de atropellarme. Fue entonces cuando comencé a inquietarme, aunque sabía que no podía hacer nada para cambiar las cosas.

Mis compañeras me miraban con extrañeza camino del parque, como si no fuera yo, como si no me conocieran. Yo intentaba seguirlas como todos los días, por la floreada avenida que lleva al estanque de los patos, pero me quedaba atrás sin poder evitarlo. El pecho me ardía y apenas podía alzar el vuelo cada vez que caía. Y cuando por fin llegué junto a ellas las fuerzas ya me habían abandonado.

Caí allí, cerca del estanque, incapaz de levantarme, incapaz de ver a mi alrededor más que un montón de colores borrosos. Las otras me observaron brevemente, pero el suelo estaba lleno de jugosas migas de pan y enseguida me olvidaron.

Mi respiración era cada vez más irregular, pero ya no me importaba. Necesitaba rendirme, olvidar, ceder al sueño que me obligaba a cerrar los ojos. También tenía frío, un frío extraño que se colaba a través de mi esponjoso plumón de paloma. Intenté esconder la cabeza entre las alas, pero el frío no se fue, así que me quedé allí, inmóvil, entumecida, esperando a que todo mejorara por si solo…

Al cabo de un rato sentí que algo me tocaba suavemente. Me sobresalté y mi pequeño corazón se desbocó por completo, pero no tenía fuerzas suficientes para resistirme y me dejé llevar, rígida y asustada, totalmente indefensa. Noté que envolvían mi cuerpo tembloroso en algo calentito y no pude evitar un débil gorjeo, que más bien pareció el sutil ronroneo de un gato. Con mi vista borrosa aún pude ver a mis compañeras, que se perdían para siempre en el horizonte de aquel parque que, intuí, no volvería a ver nunca.

No sé cuánto tiempo estuve así, envuelta en aquel calor acogedor, mientras mi salvadora caminaba hacia su casa. No quería que aquello terminase. No hasta que mis ojos volviesen a abrirse de nuevo y fuera otra vez por la mañana. Entonces podría volver a volar, volvería al parque y sería como siempre.

Pero terminó y entonces la vi. Era la anciana que llevaba el pan al estanque. Era pequeña, gordita y tenía el pelo blanco. Me decía cosas en voz baja, pero yo no la entendía. Seguramente quería tranquilizarme, hacerme saber que aquello que me ocurría era algo pasajero, algo que toda paloma tiene que pasar en algún momento de su vida. Intenté escuchar sus extraños trinos de humano, pero me sentía aturdida. Necesitaba dormir, así que cerré los ojos.
La anciana entonces debió de darse cuenta de mi urgencia, pues inmediatamente posó sus labios sobre mi pico. Y entonces se la llevó, se la llevó consigo.

Se llevó mi pobre alma tan pequeña.

El enigma del 10
Escrito en : Marzo 27th, 2006 por Calista Greek
Categoria : Novela, El enigma del 10
Comentarios : 70 Comentarios
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Historia actualizada, se añadio el capitulo 3

El sonido era ensordecedor y la sacó de su estado de sueño en un instante. Enredada entre las sábanas de colores, apenas podía abrir los ojos del cansancio que aun tenía. Con la mano izquierda agarró un cojin y lo puso sobre su oído. Alargo con lentitud el brazo derecho y de un solo golpe hizo callar al despertador para asi volver a caer rendida ante Morfeo.

La noche anterior había asistido a una fiesta donde tomó un par de copas de mas. Era la celebracion de los 20 años de uno de sus mejores amigos. La ropa estaba dispersada por toda la casa y ella seguía durmiendo. La melodía de su teléfono móvil la logró despertar pero colgaron antes de que pudiera contestar. De mala gana abrió los ojos y se sentó en la cama. Miro de reojo al reloj de pared y vio que estaba atrasada para clases, solo tenía media hora para llegar. Saltó de la cama hacia el baño, se dio una ducha ligera, se vistió apurada, tanto que los colores de su ropa no combinaban, se preparó algo rápido para comer, se puso el abrigo, agarró el bolso y las llaves, y salió corriendo del departamento cerrando con un portazo.

El día estaba extraño, corría el viento típico de otoño. Era de esos dias que uno intuye que va a llover pero no lo sabe a ciencia cierta. La muchacha también sintió eso y dio gracias por haberse acordado de su viejo abrigo. Se subió rápidamente al bus donde se sentó en el único asiento desocupado, junto a un señor de unos cincuenta y tantos, piel curtida, pelo ya algo canoso por los años y de mirada extravagante. Ella sacó un libro de su bolso y comenzó a leer las lineas escritas. El hombre miraba a través de su hombro, al ver que la joven leía poesía la interrumpió, él mismo era un poeta incomprendido y se lo hizo saber iniciando una conversación. El viaje se tornó corto hasta la universidad dada la interesante compañía que tenía al lado. Cuando fue el momento se despidió cordialmente del poeta y le pidió al chofer que parase el autobus. Mientras éste detenia la máquina, la muchacha volteo la mirada hacia el final del bus y notó una cara que le resultaba familiar.

- Señorita, señorita – le dijo el chofer – va a bajar o no? Tengo un horario que cumplir
- Esteee… Si si – dijo no muy convencida mientras miraba al chofer. Volteo la cara de nuevo, pero al final de el bus no habia nadie.

Bajó rápidamente del bus al mirar la hora del reloj en su muñeca. Era ya demasiado tarde pero sabía que el profesor Svarog le perdonaría la tardanza, mas que mal, trabajaba para él en una librería cerca de su casa. En la hora entre la clase de el profesor Svarog y la profesora Annan se acercó al primero para dar las disculpas por haber faltado a la clase de Literatura Eslava

- Profesor, profesor – decía mientras Svarog caminaba hacia el siguiente salón – Profesor, tengo que hablar con usted…
- Señorita, que extraño verla a estas horas, me explicará por qué no asistió a mi clase hoy sabiendo que habia examen?
- Examen? – preguntó poniéndose nerviosa
- Si, examen pero usted me dice sus motivos para faltar y veremos si podemos solucionar el problema

La chica intentó pensar en una excusa, pero no tenía ninguna. Tendria que aceptar las consecuencias asi que le dijo lo que había sucedido al profesor

- Que ingenua eres pequeña – le dijo despeinandola un poco – Hoy no habia examen, solo pasamos un poco de mitologia, pero se que tu te pondras al dia rapidamente, pero si tendras un pequeño castigo
- Castigo? Pero…
- Pero que…No es tan terrible, hoy tendras mas trabajo simplemente
- Gracias, gracias profesor
- Ya, ahora vete a clases que si no la profesora Annan no te dejara entrar al salon.

Solo quedaban unos minutos para entrar a la clase de arabe avanzado pero para asegurarse corrio al salon 215 y se sento en una de las primeras filas. Habia un par de personas mas en la sala, pero el resto conversaba alegremente en el corredor esperando que la profesora llegara. Ishtar Annan tenia unos 35 años y era el primer año que hacia clases a un grupo de alumnos universitarios. Ella habia nacido en tierras orientales, pero el destino la habia llevado a Occidente. Poseia una larga cabellera negra siempre amarrada en una trenza que caia por su espalda y unos ojos negros de mirada penetrante, su piel era dorada por los años vividos en medio oriente. La profesora sentia gran cariño por sus alumnos, en especial por la muchacha sentada en el primer asiento quien mostraba gran interes por aprender. La clase paso rapidamente y todos tomaron rumbo a sus casas, pero la muchacha no, fue directo a la librería, donde le tocaba trabajar todas las tardes aunque quisiera dormir en ese mismo lugar en vez de atender a personas insistentes o que nunca se deciden.

Salio del campus cerca del mediodia rumbo a su trabajo. Para ello tomo el metro que a esas horas iba lleno de escolares de todas las edades que regresaban a casa o de personas mayores que seguramente iban a comer a sus casas. Pero claro, ella no, ella tenia que trabajar para pagar sus estudios, al menos era en un lugar interesante y donde aprendia mucho.

No habra tardado mas de 15 minutos en llegar y noto que estaba cerrado. Extrañada abrio la puerta y entro. Se suponia que el encargado de la tienda debia de estar desde temprano. Encima del meson encontro un viejo pedazo de papel donde aparecia una nota escrita con una caligrafia casi indescriptible

- Me voy mas temprano, el señor Svarog lo sabe asi que quien llegue debera hacer el inventario semanal de la tienda.

La nota estaba firmada por Peter Loke. Peter tendria un poco mas de 30 años y estaba encargado de la tienda cuando el profesor Svarog hacia clases, como por ejemplo los dias viernes.

La muchacha presentia que seria un dia de arduo trabajo, asi que en un gran suspiro se sento unos minutos a recobrar el aliento de las carreras matutinas, pero no le duro mucho, porque los clientes, al ver la tienda abierta, no tardaron en hacerse notar y en una hora ya se habian vendido una buena cantidad de libros. Y asi paso toda la tarde, sola en la librería, trabajando, vendiendo y ordenando sin notar que estaba sucediendo fuera ni dentro de ella.

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Descripción : El cuento llega y se marcha por la noche, llevándose debajo de las alas la rara zozobra de los niños. A escondidas, pegándose al frío y a las cunetas, va huyendo. A veces pícaro, o inocente, o cruel. O alegre, o triste. Siempre, robando una nostalgia, con su viejo corazón de vagabundo.

Ana María Matute

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